Por Julio Casanova
El intendente, Franco Hernández, había apostado gran parte de su capital político a un lanzamiento que pretendía exhibir respaldo institucional, capacidad de gestión y volumen político. Sin embargo, la fotografía final mostró otra cosa: la ausencia de las principales autoridades provinciales.
No estuvo el gobernador. No estuvo el vicegobernador. No estuvieron los ministros más relevantes del gabinete. Para un dirigente que intenta proyectarse más allá de los límites de su municipio, la escena resultó tan elocuente como incómoda.
Porque mientras Tartagal continúa recibiendo recursos provinciales para sostener su funcionamiento, persisten las versiones sobre obligaciones pendientes con proveedores y compromisos que no terminan de cumplirse. El contraste resulta difícil de explicar. Los fondos llegan. La asistencia existe. Pero los resultados aparecen envueltos en interrogantes.
La política se sostiene sobre un principio elemental: la confianza. Cuando un dirigente adquiere fama de incumplir compromisos, de modificar posiciones según la conveniencia del momento o de practicar un doble discurso según el interlocutor de turno, esa confianza comienza a erosionarse. Primero se resiente la relación con los vecinos. Después se deteriora el vínculo con los sectores económicos. Finalmente se enfría la relación con el propio poder político.
Y quizás allí radique el verdadero problema de Franco Hernández.
La aclaración parecía innecesaria. Salvo que existiera la necesidad de aclararla.
Porque ningún intendente necesita explicar que trabaja con el Gobierno provincial cuando la relación institucional funciona con normalidad. Sólo se subraya aquello que se percibe como ausente.
La política es también un lenguaje de gestos. Y los gestos de las últimas semanas no muestran precisamente a un intendente fortalecido.
