SALTA (Por Julio Casanova para Voces Críticas) Mientras las cuentas públicas crujen y el bolsillo de los tartagalenses no resiste un ajuste más, la gestión del intendente Franco Hernández parece vivir en una realidad paralela. La intendencia de Tartagal es un holograma del metaverso… bueno, en el caso de Hernández apenas llega al metaverso.

La reciente realización de la Serenata a Tartagal no solo fue un descomunal error de cálculo político en tiempos donde la austeridad debería ser la norma, sino que se ha convertido en el epicentro de un escándalo que combina opacidad financiera, privilegios de casta y un rotundo fracaso de convocatoria.

El evento, lejos de ser la fiesta popular que se prometió, nació con el estigma de la exclusividad, porque al parecer Franco Hernández tendría un extraño concepto de “pueblo” y de “popular”. En un llamativo sesgo clasista, la organización decidió que el acceso a la cultura tuviera un filtro económico prohibitivo para el vecino común. Sin embargo, el verdadero escándalo estalló tras bambalinas, pues ante el fracaso evidente en la venta de tickets, la solución oficial fue el reparto discrecional. Funcionarios municipales, miembros del Concejo Deliberante y allegados de distintas áreas recibieron una lluvia de entradas de regalo, transformando el predio en un club de “amigos”.

El intendente Franco Hernández parece haber descubierto el milagro de la multiplicación de los cuerpos, o al menos el de las matemáticas creativas. Mientras las deudas del municipio no cierran por ningún lado, el relato oficial intenta vender que a la Serenata asistieron unas 70.000 personas. Es tierno ver cómo la mística oficial intenta revivir las glorias del centenario de la ciudad, cuando se juntó una multitud de 100.000 personas, u olvidar los 80.000 del año pasado. Pero pretender que en las calles de un Tartagal de 102 años ingresara un Monumental entero de Núñez es, además de un insulto a la inteligencia, una ingenuidad: en el clima actual, esa cantidad de gente no se juntaba en Tartagal ni regalando la entrada con un “chori” incluido.

No quiera ese intendente tomarle el pelo a los salteños, porque una cosa es dibujar un balance y otra, muy distinta, es querer camuflar el fracaso de taquilla inventando una provincia entera dentro del festival.

El termómetro político del evento también marcó un frío polar. La notoria ausencia del gobernador Gustavo Sáenz, que prefirió participar en Potencia en Metán, y de cualquier otro funcionario importante, incluso de la ministra de Turismo de la Provincia —ya que Hernández pensaba hacer de esta Serenata un evento de alcance provincial—, dejó en claro que el festival no formaba parte de ninguna agenda estratégica de desarrollo.

El telón de la Serenata ya cayó, pero ahora comienza el verdadero dolor de cabeza para la intendencia. Llegó el momento inevitable de rendir cuentas ante el Concejo Deliberante por gastos millonarios que resultan inexplicables en medio de la actual crisis. Tanto que en el humor popular se habla de una “invasión de árabes en alfombras voladoras”, haciendo referencia a la cantidad de comerciantes de origen árabe y a los cheques voladores.

La contradicción de la gestión de Hernández es flagrante: mientras el discurso oficial habla de “achicar” y aplicar el rigor de la crisis, la realidad muestra un municipio que se endeuda y emite cheques que comprometen el futuro de la comuna.

El contraste con la realidad social de Tartagal es alarmante: precarización y atrasos. Hay empleados municipales con pagos pendientes y cooperativas que reclaman fondos legítimos. La cadena de pagos está rota y los proveedores locales arrastran deudas de entre tres y seis meses. También existen promesas incumplidas con trabajadores desde los corsos que, a la fecha, todavía esperan cobrar por su labor.

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