SALTA (Por Julio Casanova para Voces Críticas) La política argentina tiene una extraordinaria capacidad para destruir sus propios discursos. A veces tarda años. A veces décadas. En el caso del PRO salteño, bastaron unas elecciones internas. Convengamos que en esa facción hace rato que vienen jugando al Gran Bonete: ¿Yo señor? ¡No señor!… o ¡Sí, señor! Porque de pronto todos quieren ser candidatos.

Así las cosas, lo que debía ser una demostración de institucionalidad terminó pareciéndose más a una reunión de consorcio donde todos sospechan que alguien se llevó el libro de actas. Y de pronto, todos miran al “encargado” como el culpable del desaguisado… el problema es que ni siquiera saben quién es en realidad el encargado.

Las denuncias formuladas por distintos sectores del partido son tan variadas que cuesta determinar si se trató de una elección interna o de un curso intensivo sobre cómo generar conflictos políticos en tiempo récord.

A ello se suma otro dato inquietante: no se habrían habilitado mesas en departamentos como Chicoana y Orán, dejando a numerosos afiliados sin la posibilidad de participar.

En compensación, algunos distritos exhibieron niveles de participación que merecerían un estudio sociológico. Mientras en Capital habrían votado apenas 140 afiliados sobre un padrón cercano a los 3.800, en Tartagal la concurrencia alcanzó cifras comparativamente mucho más elevadas. Como se ve, en todo sentido, Tartagal políticamente es una “dimensión descosida”.

Pero con el PRO de Salta, también parece que las cosas son misteriosas, para no decir, sospechosas. La democracia interna es un fenómeno misterioso, porque hay lugares donde la gente desaparece de las urnas y otros donde florece como los lapachos en septiembre.

Naturalmente, los ganadores sostienen que todo se desarrolló dentro de la normalidad y los perdedores sostienen exactamente lo contrario. Es una tradición tan antigua como la política misma.

Lo curioso es que el PRO nació prometiendo ser diferente.

Durante años construyó su identidad denunciando las prácticas que hoy algunos de sus propios dirigentes atribuyen a sus adversarios internos. La vieja política, esa criatura que siempre parecía vivir en la casa del vecino, terminó apareciendo en el espejo del baño.

Voces Críticas