SALTA (Por Franco Alvarado para Voces Críticas) Antiguamente, en los pagos del norte, se escuchaban historias sobre leyendas populares, generalmente relacionadas con apariciones en los montes, viudas que caminaban de noche a la vera de la ruta y, en ciertos lugares, donde se concentraban elementos de una tribu urbana muy particular: los “comechingones”.

Pero hasta la llegada de Franco Hernández Berni a la intendencia, no se tenía conocimiento de episodios que compiten con los milagros bíblicos. Sí, con “Franquito” —como lo llaman los dos o tres amigos «por conveniencia» que le quedan— pareciera que en Tartagal se suceden hechos tan extraños que parecen las Plagas de Egipto en un paquete.

En efecto, esta “gestión” no sólo desafía leyes de la metafísica sino también de la lógica contable, sin decir de la paciencia del vecino de a pie. Si hace poco nos sorprendíamos porque el polifacético empleado “El Cacho Páez” lograba el milagro supraterrenal de la ubicuidad, presuntamente prestando servicios en dimensiones paralelas y cobrando en más de un mostrador al mismo tiempo, ahora el asunto ha tomado un tinte aún más celestial. O más bien, non santo.

Ya supimos preguntarnos por las condiciones suprahumanas que parece tener este Franco Hernández Berni, capaces de superar el entrelazamiento cuántico; o sea, ese fenómeno donde dos partículas separadas en el espacio reaccionan exactamente igual y al mismo tiempo, sin importar la distancia. Para explicarlo en criollo, los concejales quieren saber cómo, moños mediante, el “Cacho Páez” vive en Tartagal, trabaja en la Capital de Salta y cobra en su lugar de origen. ¿Cómo hace para firmar sus papeles a la distancia? ¿Quién le marca la tarjeta en las mañanas y al salir? Por ejemplo.

O sea que debemos destacar el nivel de maestría de este intendente que ha superado a Albert Einstein, ya que en Tartagal logró patentar el “entrelazamiento contractual”. Es decir: firmás un contrato acá, el beneficio repercute mágicamente allá, nadie ve jamás al trabajador en su puesto, pero los fondos públicos desaparecen a la velocidad de la luz.

Por eso, el pedido de informes del Concejo no es un ataque político de la oposición; es, fundamentalmente, una necesidad científica. Alguien tiene que explicar cómo se sostiene un presupuesto municipal cuando los nombramientos se rigen por las leyes de la magia negra financiera. Dicen que hasta Mandrake habría pedido reunirse con Franco Hernández Berni para aprender esos trucos, porque eso de sacar conejos de la galera ya quedó superado.

Tal vez —y esa ya estaría siendo una preocupación hasta de la Curia local— podría ser que nuestro Cacho Páez estuviera liderando alguna especie de secta de zombies que sale por las noches a comer cerebros. La tranquilidad que deben tener en el municipio de Tartagal es que, al parecer, el intendente y algunos otros funcionarios cercanos carecen de uno. El Cacho Páez y sus acólitos están condenados a morir de inanición.

¿Quién es el beneficiario de esa otra firma que hoy no pasaría una inspección de decencia básica? ¿Qué servicios presta a la comunidad? ¿Es acaso otro especialista en la física del menor esfuerzo o un asesor en la transferencia invisible de recursos? En Tartagal, las respuestas oficiales suelen ser tan etéreas y volátiles como el humo.

La religión nos enseña a tener fe en lo que no vemos. El gran problema es que Hernández Berni pretende que los tartagalenses apliquen ese riguroso dogma teológico a la obra pública, a los servicios y al empleo municipal. «No busques al empleado con el lomo doblado; Cacho Páez está en el espíritu de la gestión», parecería ser el lema de cabecera en los pasillos municipales.

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