Las recientes declaraciones del periodista Mario Massaccesi, quien aseguró estar armando un documental sobre la supuesta «espiritualidad» de Jorge Rafael Videla, reavivaron el debate sobre el genocida. Lejos de aquella imagen de padre de familia que el dictador intentaba proyectar, la realidad puertas adentro escondía una faceta despiadada.

Nacido en octubre de 1951, Alejandro nunca pudo alcanzar una autonomía básica y su edad mental se estancó en la de un niño de cinco años. Para mantener la fachada de una familia «perfecta», los Videla acondicionaron en su casa de Hurlingham una habitación con paredes acolchonadas para evitar que se lastimara durante sus crisis, aislándolo de la mirada pública.

Tras un viaje a Estados Unidos en 1956 donde los médicos confirmaron que el cuadro neurológico era irreversible, el niño fue enviado temporalmente a una casa de catequesis en Morón. Allí se dio una de las paradojas más crueles de la historia argentina: su cuidado cotidiano quedó a cargo de Alice Domon y Léonie Duquet, las dos monjas francesas que, años más tarde, serían secuestradas, torturadas y desaparecidas en la ESMA por la propia dictadura que encabezaba Videla.

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