SALTA (Por Franco Alvarado para Voces Críticas) La contundencia de las declaraciones de Franco Hernández Berni no necesita mayor artificio para poner de relieve la lógica con la que se gestiona la cosa pública en Tartagal: un malabarismo conceptual donde los calendarios se estiran por arte de magia burocrática y la condición de “trabajador” depende estrictamente del casillero administrativo en el que a uno lo hayan clasificado.
Hay declaraciones periodísticas que merecen ser enmarcadas en los pasillos de la administración pública, no por su rigor técnico, sino por la notable creatividad conceptual de sus autores. El intendente de Tartagal, Franco Hernández Berni, ha dejado una pieza oratoria que redefine de un plumazo las leyes de la física, del trabajo y del calendario gregoriano.
Según la visión de la máxima autoridad tartagalense, el retraso en el pago a los trabajadores “eventuales” o “planilleros” no es más que una simple cuestión de aritmética y mala fortuna. En su particular álgebra, quince días trabajados requieren entre cinco y seis días para procesar la planilla, a los que inexplicablemente se suman otros cinco o seis de la segunda quincena, transformando mágicamente una quincena en un lapso de 15 días de demora. Si a eso se le añaden los feriados —esos imponderables del almanaque que siempre toman por sorpresa a las gestiones municipales—, el resultado no es un atraso, sino una ineludible fatalidad.
Lo llamativo es que, acto seguido, la propia narrativa entra en un bucle insólito. El intendente afirma no estar de acuerdo con el sistema de eventuales que heredó de administraciones pasadas, pero, al argumentar por qué se retrasan los pagos, culpa al propio personal de planta que debió tomarse los feriados y no pudo liquidar las planillas. En síntesis: el eventual no cobra porque el municipal descansó; y el eventual no puede quejarse como municipal porque, técnicamente, para el municipio no existe.
Para rematar el cuadro de situación, Hernández Berni lanzó una sentencia sobre la productividad del sector que deja poco margen a la duda sobre la estima institucional hacia sus colaboradores: “No creas que están las seis horas barriendo las calles. No es así”.
Así, entre calendarios que se deforman al ritmo de la burocracia, feriados impensados y trabajadores que prestan servicios sin ser trabajadores, la gestión municipal sienta un curioso precedente: los compromisos se diluyen en el almanaque y los derechos laborales se supeditan a las complejidades del papelerío oficial. Insólito, pero real.
