SALTA (Por Ernesto Bisceglia para Voces Críticas) Hay debates que merecen una sesión en la Legislatura salteña y otros que, directamente, merecen un diván colectivo. La última polémica que sacude los pasillos del Colegio de Psicólogos de Salta pertenece, sin dudas, al segundo grupo.

Resulta que su presidenta ha puesto el grito en el cielo —y en los medios— asegurando que los psicólogos sociales no están capacitados para desempeñarse en las escuelas. La contraofensiva no tardó en llegar: desde el barro del territorio, los señalados responden que, mientras unos atienden las neurosis burguesas con aire acondicionado, ellos le ponen el cuerpo a la realidad donde las papas queman.

La ironía se cuenta sola. Justo en los ámbitos escolares, donde lo que estalla a diario no es el complejo de Edipo, sino las crisis vinculares, la vulnerabilidad social y los conflictos grupales —es decir, la materia prima de la psicología social—, se pretende levantar una aduana profesional. Se busca exigir un título universitario de grado para entender lo que pasa en un patio de escuela, como si la realidad socioeconómica de los pibes pudiera solucionarse con una transferencia freudiana o un test de manchas de Rorschach.

Ahora la pelota —o el diván— está en la cancha de las cámaras legislativas. Nuestros representantes deberán decidir, voto mediante, quién tiene el “permiso oficial” para escuchar y contener.

Ojalá que, antes de levantar la mano, los legisladores recuerden que en las escuelas de Salta hace falta menos burocracia de matrícula y mucha más gente dispuesta a embarrarse los pies en el territorio.

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