SALTA (Por Julio Casanova para Voces Críticas) Hay una curiosa costumbre argentina: convertir las fechas patrias en museos. Las recordamos con discursos solemnes, desfiles escolares y banderas en los balcones, pero pocas veces nos preguntamos qué nos dirían hoy aquellos hombres que, el 9 de julio de 1816, decidieron declarar la Independencia.

No fueron ingenuos. Sabían perfectamente que la libertad no terminaba con una firma. Declarar la Independencia fue apenas el comienzo de una tarea infinitamente más compleja: construir un Estado, organizar una economía, asegurar las fronteras, educar a un pueblo y darle estabilidad política a un territorio inmenso.

La Argentina continúa atrapada entre un centralismo que concentra recursos y decisiones, un federalismo que suele quedarse en los discursos y una dirigencia que, con demasiada frecuencia, piensa más en la próxima elección que en la próxima generación.

El gobierno del presidente Javier Milei ha planteado una transformación profunda del Estado bajo la premisa de reducir el gasto público, desregular la economía y devolver protagonismo al sector privado. Es una discusión legítima y necesaria. Sin embargo, ninguna reforma económica podrá consolidarse si no va acompañada de una reforma institucional y cultural de igual magnitud.

La verdadera independencia del siglo XXI ya no pasa por romper cadenas coloniales. Pasa por romper otras dependencias mucho más silenciosas: depender del déficit permanente, de la inflación, de la emisión como solución política y de la improvisación. Depender de un sistema educativo que muchas veces forma ciudadanos para un mundo que ya dejó de existir.

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