SALTA (Por Ernesto Bisceglia para Voces Críticas) El 25 de Mayo de 1810 suele llamarse “el Día de la Patria”, cuando, en realidad, aquello no fue una revolución porque no hubo participación popular, sino un movimiento destinado a cambiar el statu quo imperante, aprovechando la coyuntura de la prisión del rey de España cuando Napoleón invadió la Península.

Fue un movimiento exclusivamente centralista, porteño, motivado en gran parte por una cuestión económica: el libre comercio, una idea de inspiración masónica que habían sembrado los ingleses en 1806 y 1807 durante las Invasiones Inglesas. El interior se enteraría tiempo después, incluso cuando fue, literalmente, invadido por las tropas que Buenos Aires envió para conseguir el apoyo de las provincias. La Intendencia de Salta fue la primera en adherir a la movida de Mayo de 1810; recordamos la épica cabalgata de Calixto Ruiz Gauna, quien llevó la noticia de la adhesión local al nuevo gobierno.

No hubo peor momento para declarar la Independencia convocando a un Congreso en Tucumán. Para 1816, el panorama en Sudamérica era desolador. El rey Fernando VII había recuperado el trono español y enviado al general Pablo Morillo a reconquistar las colonias con una fuerza militar devastadora.

Todos los triunfos locales fueron cayendo como fichas de dominó. Venezuela y Nueva Granada (actual Colombia) sufrieron el “Régimen del Terror”, con la ejecución de patriotas y la huida de Simón Bolívar hacia Cartagena. En Chile, tras la derrota patriota en la batalla de Rancagua (1814), los españoles habían recuperado el control de Santiago. O’Higgins y los sobrevivientes cruzaban los Andes buscando refugio en Mendoza, mientras que, en México, los focos revolucionarios encabezados por Morelos habían sido prácticamente desarticulados y el propio líder había sido fusilado a fines de 1815.

Solo las Provincias Unidas del Río de la Plata mantenían un gobierno —a su manera— independiente, con la frontera norte protegida por Martín Miguel de Güemes y sus gauchos.

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